sábado, 24 de agosto de 2013

Carta de Ella, que dice, para El, que nunca sabrá.

15 de junio de 2012 a la(s) 23:26
Por el terraplén desnudo 
de la Gran Vía,
rueda tu fantasma amargo,
vencido y desolado.
Qué oscuros deben ser ahora
los días con sus noches;
las tardes como mares muertos sin orillas;
los amaneceres fríos como mármoles de cementerios.
Que oprobio más terrible puede haber
que el de no poder culpar a nadie más
de tu negro destino de planicies solitarias para siempre...
Descarnados los huesos,
vacías las cuencas de tus ojos;
Perdidas ya las ilusiones que quedaban,
porque ya ninguna sobrevive a tu dolor,
en este mar de piedras que es tu vida ahora,
te hundes un poco más cada vez,
a cada intento de resurrección,
en cada una de las mentiras que te inventas
para no sentir más.
Saber, tener conciencia
del agua escapando  entre los dedos;
sufrir el pecho abierto,
sangrando por la piel el desconsuelo
de no tener ni paz, ni un rincón donde dormir,
tan hondo es tu pozo de arrepentimiento.
Cerrada está la puerta
por donde un día yo me fui, 
consumida, convencida, derrotada, renacida...
Perdida la llave de todos los deseos,
el puente que te trajo, derrumbado;
los ojos que lloraron tu desdén, ahora secos.
En la plácida y crepuscular muerte de esta tarde,
ya no importan ni los llantos, ni los ruegos
como tampoco importan las ruines amenazas,
únicas y humillantes armas que aún ostentas.
Que duele hasta los huesos la miseria
de saberse tan cobarde y poca cosa,
de mirarte en los espejos y no verte,
y de gritar mi nombre por las noches...?
Claro que duele, cómo no saberlo yo,
 que durante tanto tiempo intenté, sin conseguirlo,
despertar a tu alma dura, hueca, aterida,
porque me miraras, sólo una vez,
una vez, de verdad, con otros ojos.
A mi vienes a contarme
de los dulces y tiranos sacrificios del amor
una palabra que no entenderás nunca,
para verguenza de tu género,
y para tristeza de la historia que no fue.
Por tode esto, basta ya de lamentos sempiternos,
que para eso las dolientes damas de la Virgen
se reúnen en la hermita cada Jueves ,
con sus negros velos, a llorar sus miedos a los cielos...
Basta ya, que suficiente fue
tener que soportar tu indiferencia
tiempo tras tiempo, esperando en el oprobio cotidiano
una caricia, un gesto de empatía
una mirada cómplice de lágrima,
y cosechando sólo a cambio de mi entrega,
la indescifrable sensación de ser, los dos,
como barcos perdidos en noche sin estrellas,
sin Luna que tiña con plateado rayo de esperanza
este anunciado naufragio de la fé,
sin Norte,  sin rumbos indecisos,
sin máscaras para ocultar la hiel...
Anda...tápate la cara,
huye a los bosques olvidados;
cámbiate el nombre;
duerme con los ciegos...
Y no creas que a tu regreso de cuaresma,
aquí estaré, con mis desvelos conocidos
esperando cual Penélope que teje.
Rotas están ya las copas de la boda
que nunca pudo ser, por tus terrores,
y vacío el lecho en el que un día
juraste amarme por siempre...
Que Dios te lo perdone.

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